. Erasmo de Rotterdam: "El renacimiento rinde culto a la figura
humana"
Erasmo
de Róterdam1 (neerlandés : Desiderius Erasmus van Rotterdam; latín: Desiderius
Erasmus Roterodamus; Róterdam, 28 de octubre de 14662-Basilea, 12 de julio de
1536), también conocido en español como Erasmo de Rotterdam, fue un humanista,
filósofo, filólogo y teólogo neerlandés, a
utor de
importantes obras escritas en latín.
A
Erasmo le consideramos humanista del Renacimiento porque creía en la vida
intelectual, pensaba que la virtud podía instalarse en este mundo, estimaba la
tolerancia tan virtuosa como fanática la certeza radical, proponía la
meditación como propia de las buenas personas y, por último, estaba seguro de
que los hombres que se familiarizaban con las obras de los autores clásicos
podían ser más felices y más justos en su propia época.
Fue
un defensor de la libertad, y frente al «De servo arbitrio» de Lutero, publicó
«De libero arbitrio», una de las más hermosas definiciones de la libertad
humana. Defendió además con pertinacia callada y tenaz su propia libertad
personal, tanto intelectual como moral, lo que le trajo problemas graves con la
Iglesia. Pretendía crear una «filosofía cristiana» desde la razón, que abarcaba
una ética, un lógica, una metafísica, al tiempo que propugnaba una profunda
reforma del clero (su libro «Elogio de la locura») y una renovación de la
Iglesia sobre la base de la práctica de las virtudes humanas.
Fue
un defensor, también, de la Europa de su época, proclamando frente a los siglos
oscuros pasados, su fe en la humanidad, en el sentido de que su significado,
meta y futuro estaría en vivir menos lo partidario y más lo comunitario, para
llegar a ser más humana. Europa era para él una idea moral, una demanda
espiritual que debería de estar exenta de egoísmos, siendo el primero en
promover unos Estados Unidos de Europa bajo el signo de la civilización y
cultura comunes, una cultura universal, modélica por su creatividad.
Defendió,
además, lo que hoy llamaríamos «la excelencia». Para él había dos niveles de
personas: el inferior y el superior. Abajo la masa bruta presa de sus pasiones;
arriba el territorio de los cultos, perspicaces, civilizados. La misión
consistía en atraer al nivel superior el mayor número de gente desde el nivel
inferior. Su error fue querer aleccionar al pueblo desde arriba en vez de
entenderlo y aprender de él.
No
quiso nunca estar en el primer plano (lo que hoy diríamos «salir en la foto»).
Quería preservar de esa manera su libertad interior, actuar a la sombra del
poder, no asumir la primera responsabilidad. Decía: «mejor secretario de un
Obispo durante un tiempo, que no Obispo para siempre».
Según
sus biógrafos amaba los libros más que a las mujeres, y cuando las imprentas
hacían sus primeras andaduras, presenciar el nacimiento de libros impresos eran
los momentos más felices de su vida. Solo se sentía a salvo entre los muros de
sus libros. Los amaba porque no eran ruidosos y porque era el único derecho
para los eruditos en una época sin derechos.
Aportó
luz e ideas sobre la reforma alemana, para la Ilustración, sobre la
interpretación de la Biblia, sobre la idea de Europa, sobre el humanismo de su
tiempo que, en algunos aspectos se han convertido en principios del orden
social de nuestros días. Quiso reconciliar el cristianismo con los autores
clásicos, reconociendo en estos una fuente de conocimiento noble y honorable.
Me
parece que algunos muy sencillos: la necesidad de compaginar los deberes de la
política con una vida intelectual que comprenda la lectura de libros y lleve a
la cultura; además, la virtud de la tolerancia, especialmente con los políticos
de otros signo; el deber de meditar cuanto haga falta antes de tomar
decisiones; defender su libertad interior a todo trance, lo que implica decir
lo que se piensa aunque se discrepe; la idea de Europa como cultura común; la
búsqueda de la «excelencia»; la huída de las fotos vacías y perecederas; y por
último, el amor a los libros y nos solo a los informes y a los dosieres.

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